Ante el crecimiento de los deepfakes, surge el “truco de los tres dedos”, una técnica sencilla que busca alertar sobre posibles fraudes en videollamadas digitales.
Aunque la inteligencia artificial ha impulsado importantes avances, también ha dado paso a nuevas formas de fraude digital. Los deepfakes, que reproducen de manera realista rostros y voces humanas, se han convertido en una creciente preocupación para la ciberseguridad.
Ante este panorama, ha comenzado a popularizarse un método sencillo conocido como el “truco de los tres dedos”, una estrategia que busca ayudar a identificar si una videollamada o interacción digital podría estar siendo generada por inteligencia artificial. La idea se basa en que los sistemas de IA todavía pueden presentar dificultades para reproducir con precisión ciertos movimientos humanos complejos en tiempo real, como el control detallado de las manos.
El procedimiento consiste en solicitar a los participantes de una videollamada que realicen acciones inusuales, como mostrar tres dedos frente al rostro o interactuar de manera precisa con objetos. En algunos casos, los sistemas de deepfake pueden mostrar fallas, distorsiones o demoras al reproducir estos gestos, lo que ayuda a cuestionar la autenticidad del interlocutor.
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Sin embargo, expertos advierten que esta técnica no es definitiva, ya que la inteligencia artificial continúa evolucionando y los sistemas de generación de video y voz son cada vez más sofisticados, reduciendo los errores perceptibles.
En este sentido, expertos en ciberseguridad recomiendan complementar estas prácticas con otras medidas de verificación, como confirmar identidades por canales alternos, evitar compartir información sensible en videollamadas no verificadas y mantenerse alerta ante solicitudes urgentes de dinero o datos personales.
El aumento de fraudes digitales impulsados por inteligencia artificial ha puesto en evidencia la necesidad de fortalecer la educación digital. La identificación de señales de alerta y el uso de herramientas de verificación se han vuelto fundamentales para reducir riesgos en un entorno donde distinguir entre lo real y lo artificial es cada vez más complejo.
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